La trama no era convencional. En vez de un conflicto con claridad moral, el cómic desplegaba una serie de pequeñas rupturas: la casa que se llena de hojas en vez de papeles, la cuna que flota como una isla, la risa que se desdobla y se vuelve cuesta abajo. A cada página, la narrativa tomaba un respiro y se abría a lo inconcreto —recuerdos mezclados con sueños, reglas domésticas que se reinventan—. Los bebés exploraban y fallaban y volvían a intentarlo, cada intento marcado por el gesto sereno del zorro: detenerse, observar, dejar que la levedad del absurdo enseñara.